En el recorrido por la vida nadie esta excluso de atravesar por momentos buenos y malos. Aunque, no cabe duda de que los buenos dan a la vida un tono de alegría efímera, mientras que los malos producen el efecto contrario. A pesar de ese sentimiento que inunda un lapsus de tiempo determinado las etapas de la vida no son más que una paradoja, en ningunas de estas existe la felicidad completa. Quien plantea lo contrario esta simplemente equivocado y apoyado en teorías sin fundamento alguno.

Aprobar el octavo grado de primaria, pasando las pruebas nacionales, por ejemplo, se constituye en una inmensa felicidad para cualquier adolescente, el cual, es remunerado por sus padres o parientes más cercanos. Pero la felicidad de ese momento es solo cosa de unos días, puesto que en poco tiempo el infante aún tendrá que pasar la de Caín al unir filas a la secundaria. Luego de sentirse realizado por rebasar esa prueba esta prácticamente condenado a pasar ahora la Abel, al forma parte de la ajetreada y agotadora vida universitaria. De ahí dedusca usted se la vida es o no una paradoja.

La angustia que amarga la existencia de un padre de tres hijos que no consigue trabajo para sustentar a sus tres herederos es casi indefinible. En cambio, la felicidad que le embarga cuando logra conseguir esa fuente que le generara ingresos es totalmente indescriptible. Es un momento digno de disfrutar. Lo traumante es que es solo un momento, no pasa de ahí.

Tratar de entender la parte compleja de la vida o contestar el por qué de las cosas no es quizás muy buena opción que digamos. Más bien, disfrutar a plenitud el ahora, el momento en el que estamos puede causarnos mayor regocijo. Es decir, buscar el camino hacia la felicidad, es una actitud errónea. Disfrutar el camino a la mera que nos producirá felicidad pasajera da mejor resultado. Porque definitivamente no existe la felicidad completa.