Luego de la última clase en la Universidad acostumbro a esperar a mi compañero de viajes y de chicharon de pollo Cristopher para emprender un viaje de sueños, frustraciones, risas y discusiones, que comprende todo lo largo de la Máximo Gómez empezando en APEC y terminando en la av. John F. Kennedy.

Nuestro viajes cada noche tiene una temática diferente, algunos días son tan malos que casi provocan lágrimas cuando los resumimos, otros son tan alegres que explotamos en una carcajada única mientras subimos los pesados peldaños del elevador (impulsado por la fuerza de piernas puramente humanas ubicado entre la Máximo Gómez y la 27 de febrero) al punto que quienes están en nuestro entorno nos miran con cara de =S (ay los pobres) y otros no tan buenos ni tan malos sino más bien de mofa mutua.

Pero el punto de esto no es publicar las aventuras de los Inseparable monkeys, es más bien una relatar como quedamos perplejos a cuando vimos como nuestro futuro se miaba en la sociedad.

No tengo ni idea de cómo empezar a contar esto, no se si empezar por que ellos andaban en cuero en un vehículo o por que el estaba dibujando con su falo.........

Bueno el punto es que dimos varios pasos a ritmo de una bachata que sonaba en las bocinas en oferta de un bar que parece de televisión mal producida , el salió de pronto de la jeepeta, yo retrocedí asombrado y Cris puso su habitual cara de idiota al notar que el estaba con su pudor cubierto por un pedazo de tela negra que se unía en sus entre piernas, que dicho sea de paso no le sirvió de nada, ya que en el acto saco su pudor en forma fálica y empezó a miarse en la sociedad dibujando encima de la cara de el príncipe siempre gobernante de decoración purpura y cabellos malos y peinados en forma de afro.  Seguimos caminando y miramos al interior del vehículo y más aun fue nuestro asombro al ver que ella (la moral) estaba sentada en el sillón de copiloto con las piernas encima del tablero y acariciando con una botella de cerveza su ética grande en volumen pero pequeña en grandeza. Además de eso pudimos distinguir en el asiento del conductor a él  también embriagado con la integridad en sus manos en forma de botella y con la hospitalidad erecta producto de las caricias que le propinaba la ética.

Fue un escenario desagradable, jocoso e interesante a la vez, porque, pudimos darnos cuenta de que nuestros valores, los que se supone debemos tener en nuestro ser están ocupados en asuntos mucho más interesantes que estar desocupados.

Sencillamente la sociedad dejo ya de ser lo que era y paso a ser un delincuente, una prostituta, un tecato,  un estafador de cuello blanco, un grupo de supuestos gobernantes mal intencionados, simplemente un choro de MIAO.